Vives o viajas en un idioma que no es el tuyo y a veces tienes la sensación de no reaccionar del todo como lo harías en casa. Tres estudios publicados ayudan a entender por qué: se centran en las decisiones, los juicios morales y las reacciones del cuerpo ante las palabras que chocan. Sabrás qué establecen, qué dejan abierto y podrás hacer tú mismo una pequeña prueba en tus dos idiomas.
Esta sensación de ser «un poco otra persona»
Quizás ya hayas notado que te atreves a decir que no con más facilidad en español que en francés, o que un reproche te afecta menos en inglés que en la lengua de tu infancia. Muchas personas bilingües describen esta sensación de no ser exactamente la misma persona de un idioma a otro. La investigación permite precisarla, sin confirmarlo todo.
La idea que se repite en los tres estudios presentados aquí cabe en una palabra: la distancia. Según los autores de un estudio sobre decisiones, una lengua extranjera puede ofrecer más distancia porque está menos anclada en el sistema emocional que la lengua materna[1]. Esta distancia se manifiesta en tres ámbitos: las elecciones que hacemos, los juicios morales que emitimos y la fuerza con la que ciertas palabras nos afectan.
Lo que estos trabajos no muestran, en cambio, es que cambiarías de personalidad al cambiar de idioma. Volveremos sobre ello más adelante.
Decidir en lengua extranjera: elecciones menos sensibles a la formulación
Los investigadores Boaz Keysar, Sayuri Hayakawa y Sun Gyu An, de la Universidad de Chicago, comprobaron si se toman las mismas decisiones en la lengua materna y en una lengua extranjera. Su resultado va en contra de lo que cabría esperar: usar una lengua extranjera reduce ciertos sesgos de decisión[1].
Tomemos el experimento típico. Cuando una elección se presenta en la lengua materna, la misma situación produce preferencias opuestas según se describa en términos de ganancias o de pérdidas: la gente evita el riesgo cuando se habla de vidas salvadas y lo busca cuando se habla de vidas perdidas. Sin embargo, en una lengua extranjera, los participantes ya no se dejaban influir por esa forma de presentar las cosas[1].
En el primer experimento, el 77 % de los participantes que respondían en inglés, su lengua materna, prefería la opción segura cuando se describía en términos de ganancias, frente al 47 % cuando se describía en términos de pérdidas. Esta diferencia desaparecía cuando la decisión se tomaba en japonés[1].
Este efecto no depende de un par de idiomas concreto. Se ha observado con el coreano como lengua materna, y con el japonés, el francés y el español como lenguas extranjeras, así como con el inglés tanto como lengua materna como lengua extranjera[1].
Se podría pensar que los participantes respondían al azar, por no entender bien. Un experimento de control descarta esta explicación: cuando se modificaba el enunciado para que la apuesta tuviera una esperanza matemática superior a la opción segura, los participantes que leían en español elegían la opción segura con mucha menos frecuencia (14 %), lo que demuestra que leían y comprendían el texto[1]. Los autores concluyen que el efecto desaparece incluso cuando la gente lee y comprende el texto[1].
Menos aversión a la pérdida
Otros dos experimentos se centran en la aversión a la pérdida, es decir, la tendencia a temer una pérdida más de lo que se aprecia una ganancia equivalente. Presentadas en lengua extranjera, las apuestas con esperanza matemática positiva se aceptaban con más frecuencia, tanto si eran hipotéticas como reales[1].
En la versión con dinero real, los participantes recibían 15 dólares en billetes de 1 dólar y podían, en cada ronda, quedarse con un dólar o arriesgarlo en una apuesta a cara o cruz que podía devolverles 2,50 dólares, con esperanza matemática positiva[1]. Quienes jugaban en español aceptaron el 71 % de las apuestas, frente al 54 % de quienes jugaban en inglés, su lengua materna[1]. Los participantes se quedaban con el dinero ganado: el efecto no se limita, por tanto, a elecciones sobre el papel[1].

Los dilemas morales: un juicio más «utilitarista»
¿Hay que sacrificar a un hombre para salvar a cinco? Sea cual sea tu respuesta, no debería depender del idioma en que se te plantee la pregunta, siempre que entiendas el problema. Sin embargo, esto es justo lo que reporta el estudio de Costa y sus colegas, publicado en PLOS ONE: las personas que usan una lengua extranjera toman decisiones claramente más utilitaristas ante este tipo de dilemas[2].
Los autores explican este resultado por la respuesta emocional reducida que provoca la lengua extranjera, lo que disminuye el peso de las intuiciones emocionales[2]. Según ellos, el efecto persiste incluso entre los participantes cuyos resultados en una prueba de razonamiento indican un pensamiento muy intuitivo: el efecto de la lengua extranjera fue de 27 puntos porcentuales, casi idéntico al efecto global de 26 puntos[2].
El alcance va más allá de la curiosidad de laboratorio. Para los autores, esto demuestra que los juicios morales pueden verse fuertemente influidos por una propiedad ajena a los principios morales, y que afecta cada día a cientos de millones de personas[2].
Las palabras que pesan menos: tabúes, reproches y distancia emocional
Muchas personas bilingües cuentan que les resulta más fácil decir ciertas palabras o expresiones cargadas de emoción en una lengua que no es su lengua materna[3]. Catherine Harris, Ayşe Ayçiçeği y Jean Berko Gleason quisieron medir esta sensación en lugar de limitarse a los testimonios.
Su estudio incluyó a 32 bilingües turco-inglés. Los participantes evaluaban palabras y expresiones en turco, su lengua materna, y luego en inglés, su segunda lengua, mientras se medía su conductancia cutánea en la yema de los dedos[3]. Esta medida sigue la activación del sistema nervioso autónomo: la piel conduce un poco mejor la electricidad cuando aumenta la emoción, sin que la persona necesariamente sea consciente de ello.
Resultado: los participantes mostraban una activación más fuerte ante las palabras tabú y los reproches de la infancia («¡Shame on you!») en su lengua materna que en su segunda lengua[3]. Los autores lo interpretan como un respaldo cuantificable a la experiencia subjetiva de los hablantes de una segunda lengua[3].
La explicación tiene que ver, en parte, con la forma en que aprendemos. Las expresiones emocionales escuchadas temprano, como las reprimendas que reciben los niños pequeños, dejan en la lengua materna una huella fisiológica más intensa, sea o no consciente la persona[3]. Además, la lengua materna suele ser también la lengua de la expresión emocional[3].
El estudio con bilingües turco-inglés va en la misma dirección: incluso con un buen dominio del inglés, aprendido tardíamente, las palabras tabú y los reproches de la infancia provocaban una activación fisiológica más débil en su segunda lengua que en su lengua materna[3].

¿Cambiar de idioma, cambiar de personalidad? Lo que nada demuestra
Los resultados anteriores podrían hacer creer que uno se convierte realmente en otra persona. No es lo que muestran. Describen reacciones puntuales: una elección menos influida por la formulación, un juicio moral más utilitarista, una reacción de la piel más débil ante ciertas palabras. Ninguno de estos tres estudios mide la personalidad.
También hay que distinguir lo que depende de la lengua en sí, de la cultura asociada a ella y del contexto en que la usas. La lengua materna es más bien la lengua de la expresividad emocional[3], y la segunda lengua, la de la distancia, pero se trata de una tendencia, no de una regla. Que hables tu lengua de adopción en el trabajo, en el mercado o con tus amigos no es la misma situación que la de un participante en un experimento.
Lo que se puede decir sin exagerar: la sensación de ser «otra persona» es real, y coincide con efectos medidos en laboratorio sobre la distancia emocional. Que refleje un verdadero cambio de personalidad, nada lo demuestra.
Límites y matices que conviene tener en cuenta
- Los participantes eran sobre todo estudiantes, que habían aprendido la lengua extranjera principalmente en clase, sin padres que la hablaran como lengua materna[1]. Los efectos descritos valen para ese perfil, no necesariamente para alguien que vive desde hace diez años en un país.
- Sus niveles de idioma eran intermedios: la media de autoevaluación en inglés de los coreanos de uno de los experimentos era de 4,4 sobre 10[1]. Cuanto más familiar se vuelve un idioma, menos cabe esperar una diferencia importante.
- Las mediciones vienen del laboratorio: elecciones hipotéticas, apuestas por pequeñas cantidades, conductancia de la piel. No dicen todo lo que vive un expatriado en su día a día.
- En el estudio sobre las palabras tabú, .
Te toca jugar: la prueba en tus dos idiomas
Puedes observar en ti mismo lo que estos estudios miden en el laboratorio. Reserva media hora y algo con qué anotar.
- Haz el mismo ejercicio en cada uno de tus dos idiomas: presentarte en tres frases, contar un recuerdo embarazoso, rechazar una petición con cortesía, hacerle a alguien un cumplido sincero.
- Después de cada ejercicio, anota lo que cambia: la facilidad para decir las cosas, la intensidad que sientes, la elección de las palabras, las dudas.
- Repite el ejercicio en voz alta y luego por escrito, para ver si el soporte importa.
- Relee tus notas teniendo en cuenta los resultados de la investigación: más distancia en una lengua extranjera, más emoción en la lengua materna. No concluyas más de lo que dicen: tus notas describen tu experiencia, no una regla válida para todo el mundo.
Fuentes
- 1.^ abcdefghijklmKeysar, Hayakawa y An (2012), «The Foreign-Language Effect: Thinking in a Foreign Tongue Reduces Decision Biases», Psychological Science: «Una lengua extranjera puede ofrecer más distancia porque está menos anclada en el sistema emocional que una lengua materna.» «Descubrimos que es lo contrario: usar una lengua extranjera reduce los sesgos de decisión. Cuatro experimentos muestran que el efecto de formulación desaparece cuando las elecciones se presentan en una lengua extranjera.» «El setenta y siete por ciento de los participantes que respondían al problema formulado en ganancias prefería la opción segura (A), frente a solo el 47 % de quienes respondían al problema formulado en pérdidas.» https://cpb-us-w2.wpmucdn.com/voices.uchicago.edu/dist/f/1312/files/2019/06/KHAn.pdf (consultado el 20 de octubre de 2026)
- 2.^ abcdCosta et al. (2014), «Your Morals Depend on Language», PLOS ONE: «Y, sin embargo, aquí reportamos evidencia de que las personas que usan una lengua extranjera toman decisiones notablemente más utilitaristas ante tales dilemas morales.» «Sostenemos que esto se debe a la respuesta emocional reducida que provoca la lengua extranjera, lo que disminuye el impacto de las preocupaciones emocionales intuitivas.» «Para las personas que obtuvieron los peores resultados en la tarea CRT y no resolvieron ninguno de los tres problemas, el uso de una lengua extranjera aumentó las elecciones utilitaristas en 27 puntos porcentuales. Este aumento fue prácticamente idéntico al impacto global de una lengua extranjera (26 puntos porcentuales).» https://journals.plos.org/plosone/article?id=10.1371/journal.pone.0094842 (consultado el 20 de octubre de 2026)
- 3.^ abcdefghHarris, Ayçiçeği y Berko Gleason (2003), «Taboo words and reprimands elicit greater autonomic reactivity in a first language than in a second language», Applied Psycholinguistics: «Los hablantes bilingües informan que es más fácil decir ciertos tipos de palabras o expresiones cargadas de emoción en una lengua que no es su lengua materna.» «Para estudiar este fenómeno desde el punto de vista psicofisiológico, 32 bilingües turco-inglés evaluaron diversos estímulos según su carácter más o menos agradable en turco (L1) y en inglés (L2), mientras se les medía la conductancia de la piel mediante electrodos en los dedos.» «Los participantes mostraron una activación autonómica más fuerte ante las palabras tabú y los reproches infantiles (Shame on you!) en su L1 que en su L2.» https://www.bu.edu/psych/charris/papers/BilingualTaboo.pdf (consultado el 20 de octubre de 2026)




